Ya tenía una semana así. Me estaba preocupando.
Bajé hasta el sótano, y ni siquiera volteaba a ver. Su ignorar era demasiado cruel.
Siempre pienso en la primera noche que paso conmigo, donde toda la madrugada se la paso insultándome hermosamente, blasfemando el día de mi nacimiento, escupiendo mi cara llena de enojo. Esos eran realmente los días bonitos y patéticos guardados en mi memoria.
Recuerdo cuando me ponía en mi carro, cerca del cine, observando desde lejos sus atributos, maquinando cuál sería la afortunada en mi decisión.
Primero las acechaba, observando patrones que darían a descartar por su rostro, cual es la que resulta difícil de persuadir. Este proceso no me costaba ningún esfuerzo, era fácil distinguirlas; inclusive, aunque tuvieran esas enormes capas de máscara polvosa en su cara. Ningún maquillaje logra ocultar la naturaleza de la presa.
Yo no sé lo que tengo; pero simplemente entre todos mis pensamientos, puedo recordar que yo solo abro la puerta de mi auto y ellas suben. No recuerdo lo que digo o hago, o cuales son mis movimientos, pero agradezco enormemente gozar de estos privilegios.
Después de que se suben al carro, simplemente las invito a mi casa. Con tanta facilidad aceptan, que inclusive a mí me es difícil entender.
Pero siempre resulta que justo al llegar, ellas se quejan de algo y exigen su regreso a casa.
Es en este momento cundo aplico una magia difícil de ignorar. La magia del cloroformo. Me ayuda bastante, cuando existe este tipo de resistencia. Tan sencillo, un simple pañuelo y una pequeña mojadita de este líquido para dejarlas inconscientes.
En esta ocasión resultó totalmente diferente. Lucy, no se quejó de nada. Entró suave y directo a mi casa. Ella ya sabía que era su destino estar conmigo. Es mas, hasta noté su prisa por entrar.
Le ofrecí alguna bebida. Ella me la negó.
Esta vez, estaba resultando algo especial; ella cooperaba fácilmente. Aunque costaba trabajo comprender por qué me tenía tanta confianza. Mi mente clara, decidió ignorarlo por el momento.
Continué mi proceso.
La platica en la sala, se estaba volviendo implacentera, nos estábamos llevando demasiado bien que provocaba ganas de vomitar. Era repulsiva su felicidad y sonrisa, lo cual no pude contenerme, y tuve que poner un “hasta aquí”.
La tomé del cabello con mi mano, y la lancé por todo el pasillo, hasta que su cabeza se estampara con la puerta de entrada. Fue ahí cuando su grito, calmó toda mi ansiedad nauseabunda; pero ni modo, una vez excitado ya no se puede detener uno.
Se levantó, y de inmediato la aporreé contra la pared, dándole patadas en su estómago, sofocándola fuertemente. Le comencé a arrancar sus ropas, mientras ella recuperaba su respiración. Ya desnuda, observé que tenía un delicioso tatuaje cercas de su ombligo. Me deduje a mí mismo, “el eje de donde gira la vida, esta apoyado en el ombligo de una mujer”.
La cargué hasta llevarla a la puerta que da al sótano. Abrí la puerta y observe lo que tanto me gusta: obscuridad donde existen manchas de mugre y humedad extrema, los grandes charcos de sangre en el suelo, junto a todos los restos putrefactos de víctimas anteriores.
Atontada, preguntó “¿Adónde me llevas?”. Yo no respondí, quería que se diera la sorpresa de lo grandioso del lugar que le esperaba para su nueva vida.
La encadené del cuello, con un collar castigo imposible de quitar, y le puse algo de comida en su plato. Antes de dejarla encerrada, le quise dar su despido. Lamí sus carnosos labios no comunes con mi lengua, saboreando su derrota. Continué con mi lengua ese camino para pasar por su oloroso cuello hasta finalizar en su ombligo. A causa de todo su dolor no pudo hacer nada para defenderse en ese entonces, porque noté la molestia que le estaba provocando.
Al cenar mi sándwich, me preguntaba, el por qué ella no había presentado alguna resistencia. Es mas, logré ver sonrisa en su rostro, cuando le pateaba fuertemente su estomago.
Total, caí en la conclusión. Era mi mujer perfecta, con esta sería con la que me quedaría.
Al acostarme, escuchaba un murmullo, el cual se transmitía por los conductos de calefacción. Claramente escuchaba sus insultos, deseándome lo peor.
Fue amor a primera vista.
Diariamente, le daba sus azotes, y cuando lograba una herida, besaba su cicatriz, para succionar toda la sangre posible. Tenía sed de su bella mortalidad.
Me escupía en la cara, y lograba excitarme cuando pocas veces me mordía alguna parte del cuerpo.
Aún puedo sentir sus dientes, atravesando mi tejido corporal.
Delicioso.
Todas las noches, me desvelaba por ella, escuchando su hermoso llanto, sus insultos, su sollozo final antes de desistir en el trance del sueño.
Pero después de una hermosa semana, lo terrible sucedió. El primer día, no me gritó, no me insultó. Estaba preocupado.
Cuando le iba a dejar comida en su plato, ya no hacía ningún intento por escupirme o morderme; simplemente la encontraba tirada en el suelo, dándome la espalda, murmurando.
A los tres días, ni si quiera tocaba su plato, lo dejaba todo.
Al cuarto me decidí, y opté por hacerla entrar en razón, llevando en mis brazos un artefacto (yo lo había diseñado para dar shocks eléctricos).
- ¡A ver si ahora si, estúpida!
La empecé a ahorcar un poco de su collar castigo, después me subí encima de ella, besando su hermoso cuello, para provocarla; pero no logré nada. Estaba totalmente vulnerable a mi voluntad. Le di electroshocks, pero no producía ningún gemido o gesto de dolor.
Eso no era mi deseo, quería su torturara, anhelaba batallar con ella, y más que nada, en momentos culminantes de delicia, ambicionaba que pidiera piedad.
Nada estaba bien; su voz, ya no la escuchaba.
A veces llegaba del trabajo, me preparaba mi comida, y no me daba cuenta de su presencia.
Decidí entonces conversar con ella.
Llegué a la puerta del sótano, la abrí y posteriormente, fui bajando los escalones, lentamente mientras que me hacía recordar esas películas antiguas de terror, donde las escaleras de madera rechinan.
- ¿Cómo has estado?- pregunté - ¿Te sucede algo?
Pero no respondió; solo se incorporó y se me quedaba mirando, como desafiando mi paciencia.
Después suspiró profundamente.
Yo la observaba, y me di cuenta de su nueva belleza, con su piel blanca, a punto de transparencia de tan pálida que estaba. Sus ojeras de desveló, y los ojos totalmente dilatados por la oscuridad.
Me senté a su lado, y pensé que ella iba alejarse de mí. No lo hizo.
Le dije algo que a nadie se lo había dicho.
Con mi mano, le rozaba su mejilla izquierda, acariciando su hoyuelo y ella no se quejaba de nada. Su comportamiento era tan extraño, que estaba comenzando a aceptarla tal como era.
Su mirada, solo me exigía algo. Algo, que me costaría mucho trabajo expresar, pero lo tuve que hacer: Le di un beso en la mejilla como resultado.
¡Me temblaban las manos de haberlo hecho! Y con eso, tuve suficiente de tolerancia por ese día.
Terminó la semana, y las cosas aún seguían como estaban, no había ningún maldito cambio.
Cada vez al irle a dejar comida en su plato, la notaba más enferma.
La liberé en mi desesperación de verla así, y esperé a observar su reacción.
Ella subió las escaleras, lentamente; llegó hasta la puerta de entrada de la casa, y se sentó en cuclillas, recargada en la misma.
Llegué hasta ella, y me entró un enorme sentimiento de quererla abrazar.
Cuando lo hice, comenzó a llorar sobre mi hombro, mientras ella me rodeaba con sus brazos dulcemente.
Comenzó a calmarse, mientras que sollozaba y daba suspiros largos a intervalos. Cada vez se abrazaba mas fuerte de mí, y con sus dedos, cerraba su puño, aferrándose mi ropa.
La llevé en brazos, le puse una camiseta, y la acosté en mi cama.
Derrotada, llena de cansancio, se puso a dormir, con su cara llena de ternura. Yo solo la observaba. Me conmovía.
Su respiración suave, su sonrisa bien firme, creándome incomodidad por el querer saber cual era su sueño que la mantenía tan feliz.
Me acosté a lado de ella, me sentí extraño; nunca en mi vida había dormido con alguien. Toda la tarde estuvimos ahí, y de la nada, me volvió a abrazar, y su pierna la subió sobre las mías. El rostro de ella, lo sentía cerca del mío, percibiendo sus suspiros en mi lóbulo.
Al siguiente día, despertamos; yo me levanté al baño, y cuando salí, Lucy se estiraba muy a gusto, emanando ternura en exageración.
Desayunamos, y fue cuando volví a escuchar su voz.
Ella dijo – tengo un grave problema con mi vida. Ya queda poco.
Fue cuando entendí muchas cosas que no me habían quedado claro. Todo empezó a descifrarse en su totalidad hacia mi comprensión.
Tomé un cuchillo de la cocina, con toda mi ira, y la comencé a apuñalar, abriéndole heridas de gran profundidad, logrando ver sus órganos internos, creando grandes hemorragias sobre mi mesa, escurriendo todos sus líquidos por la cocina. Mi cara se salpicaba cada vez que el cuchillo entraba y salía de su piel, para después saborear con mi lengua la sangre que quedaba cerca de mis labios.
Cuando saqué la enorme hacha del jardín, vi que aún estaba sonriendo. No podía mirarla de esa manera...
Ya tenía una semana así, me estaba preocupando.
Tenía que dejarla huir de todo ese sufrimiento.
(Aún conservó su cabeza).

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